Soy mi alter ego

No intento ayudar a nadie, ni siquiera a mí, sólo voy a vomitar: el amor, el desamor y las enfermedades que provocan ambos en las palabras; en las mías, en las de otros; en las escritas, las filmadas, las coloreadas, a donde quiera que hayan llegado estos demonios ahí llegare, pero mi viaje no es de auxilio sino de contemplación, y recreación de esta maldición eterna, a la que la humanidad, ha sometido a las palabras.



El amor no necesita protección porque él se protege a sí mismo.

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El tiempo de un cigarrillo

Él, sentado en el borde de la cama, encendió un cigarrillo. Y mientras expulsaba su primera bocanada de humo le dijo:

—La próxima vez prometo amarte con más tierna pasión.
Ella, entre las sábanas, no dijo nada. 
Él apagó la luz y el silencio de ambos se hizo más intenso. No sabía qué decir. Sólo sentía la inmensa necesidad de hablarle, de regalarle todas las palabras hermosas que no le había dicho.
Quiso susurrarle aquel verso de Neruda “Me gustas cuando callas porque estás como ausente”, pero no se atrevió. No era oportuno.
Apretó con sus labios aquel cigarro y aspiró profundamente su humo.
El resplandor fugaz de la ceniza incandescente dibujó en su rostro la amarga soledad de aquella situación.  
Le cogió su mano y tímidamente acercándose quiso darle un beso en sus labios. Pero la frialdad de ella provocó que no se atreviera.  
El humo de aquel pitillo sostenido en su boca penetró dolorosamente en sus ojos haciendo brotar una larga y lenta lágrima.  
Ella, ajena a su amargura, permanecía distante.
Él encendió nuevamente la luz buscando algún lugar donde depositar la ceniza. Volvió a aspirar aquel cigarro y de repente se percató de que todo había acabado, que la ruptura era definitiva.  
Otros habían pasado por lo mismo, pero a él era la primera mujer que de verdad lo abandonaba. Habían sido muchos años recorriendo su piel, y a pesar de sus ya abundantes arrugas seguía atraído por la desnudez de su cuerpo. Pero hoy todo había acabado. Sabía que no volvería nunca más a perderse entre sus cabellos, a sentir la humedad de sus labios, a tocar con delicada pasión sus pechos, a quererla desenfrenadamente en las noches locas de luna llena.  
Sabía que aquel cigarro casi consumido era el último en su compañía.
Llamaron a la puerta de la habitación. Era su hijo. 
          —Papá, lo siento, ya es la hora. Los de la funeraria han llegado y tienen que preparar la caja con el cuerpo de mamá.
Aquellas palabras no las soportó y apagando con rabia aquel último cigarrillo se echó a llorar prometiendo que nunca más volvería a fumar hasta encontrarse nuevamente con ella.
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La masturbación es la artesanía del amor

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